Eso fue suficiente para comprender con quién estaba tratando.
Le pregunté por las cámaras del pasillo frente al vestidor.
Por primera vez dejó de sonreír.
—Nosotros vamos a manejar esto internamente.
—Mi hija está hospitalizada.
—Señora Salgado, esto no es una operación militar.
Me quedé mirándolo.
No lo amenacé.
No levanté la voz.
Sólo pregunté una cosa más:
—¿Qué ocurrió antes de que atacaran a Camila?
Su expresión cambió.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
A la mañana siguiente, un agente de la Fiscalía, Javier Medina, comenzó a revisar antecedentes. Natalia aceptó declarar formalmente.
Entonces salió el primer secreto.
Camila había denunciado dos semanas antes a Sebastián Villarreal, de trece años, por empujar y amenazar a un alumno más pequeño.
No era la primera queja contra él.
Había otras.
Muchas.
Pero siempre terminaban convertidas en “juegos”, “conflictos entre compañeros” o “conductas propias de la edad”.