Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

Alguien soltó una carcajada.

Paola continuó.

—Y como vuelvas a decir que te preparo desayuno diario, por lo menos aprende primero dónde está el sartén.

Ahora sí varias personas rieron.

Mauricio dejó de sonreír.

Raúl miró a Mariana y por primera vez pareció comprender lo ridículo que había sido basar su matrimonio en las historias exageradas de otro hombre.

De regreso a casa no hablaron durante varios minutos.

Cuando entraron al departamento, Raúl fue directamente a la cocina.

—Mariana.

—¿Qué?

—Perdí.

Ella se volvió.

—Eso ya lo sabíamos.

—No hablo sólo del experimento.

Raúl apoyó ambas manos en la mesa.

—Perdí el sentido común.

Mariana no respondió.

—Me obsesioné con demostrar que porque mi sueldo era más alto yo valía más dentro de la casa.

Ella mantuvo la expresión seria.

—Y no sólo eso. Querías que yo valiera menos.

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