Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

—¿Entonces qué voy a tomar?

—Hay café soluble.

Dos días después llegó del trabajo con un corte de cabello recién hecho.

—Casi ochocientos pesos —protestó—. Ya todo está carísimo.

Mariana sonrió.

—La amiga que me corta el cabello me cobra muchísimo menos porque yo le ayudo con diseños para su negocio. Nunca me preguntaste cómo hacía para gastar poco.

Sobre la mesa había una rebanada de pastel.

Raúl la señaló.

—¿Y eso?

—Me lo compré.

—¿Con qué dinero?

—Con el mío.

—¡Ah! Entonces para tus gustos sí hay.

Mariana abrió un cajón y sacó los recibos.

—Aquí está cada peso que he usado de los gastos compartidos. Revísalos.

Raúl lo hizo.

No encontró un solo error.

Una semana después ocurrió algo todavía más revelador.

Mariana estaba pagando el súper cuando la tarjeta destinada a los gastos comunes fue rechazada.

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