Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

Tuvo que cubrir la compra con su tarjeta personal.

Al llegar a casa enfrentó a Raúl.

—¿Usaste la tarjeta?

Él evitó mirarla.

—Tal vez pagué algo por accidente.

—¿Qué cosa?

—No sé. Gasolina… comida… ya sabes. Todas las tarjetas se parecen.

Mariana no dijo nada.

Pero sabía perfectamente lo ocurrido.

Raúl se había quedado sin dinero.

Los días siguientes comenzó a llegar temprano a casa. De pronto dejó de despreciar las ensaladas. Ya no proponía cenar fuera. Incluso guardaba las sobras para llevarlas al trabajo.

Cuando recibió un adelanto de nómina recuperó su arrogancia.

—Ahora sí aprendí. Este mes lo voy a administrar perfecto.

Dos días después pagó gasolina, una revisión del coche, la pensión de su hija de una relación anterior y parte del regalo de cumpleaños de la niña.

El dinero volvió a desaparecer.

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