Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

Una noche Mariana escuchó su voz desde el pasillo.

—Óscar, ¿me puedes prestar tres mil pesos? Te los regreso en la quincena…

Mariana se detuvo.

Una de las reglas del experimento era no pedir prestado.

Raúl bajó todavía más la voz.

—Es que traigo un asunto con Mariana… luego te cuento.

Ella regresó a la sala sin hacer ruido.

Veinte minutos después, él apareció frente a ella.

—Mari… necesito que me prestes un poco de dinero.

Mariana cerró lentamente el libro que estaba leyendo.

—¿Entonces aceptas que perdiste?

—No. Sólo tuve gastos extraordinarios.

—¿Y el préstamo que acabas de pedirle a Óscar?

Raúl palideció.

—¿Escuchaste?

—Escuché suficiente.

Él se quedó callado.

Mariana pensó que por fin admitiría la verdad.

Pero Raúl apretó la mandíbula.

—Esto no demuestra nada. Tú seguramente estás escondiendo dinero.

Aquello hizo que Mariana dejara de sonreír.

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