Beatriz me miró horrorizada.
“¿Nos vas a dejar en la calle?”
“No.”
Se aferró a aquella palabra.
Hasta que terminé la frase.
“Tus propias decisiones pueden hacerlo.”
Claudia se levantó de repente.
“Yo no tengo nada que ver con sus préstamos.”
La miré.
“Lo sé.”
“Entonces ayúdame.”
Arturo giró hacia ella.
“¿Qué estás haciendo?”
Claudia lo ignoró.
“Puedo trabajar aquí. Soy organizada. Podría ayudarte como asistente o en administración.”
Mi madre la miró como si acabara de traicionarla.
“Claudia.”
“¡Yo no quiero perderlo todo por culpa de ustedes!”
Beatriz señaló a su hija.
“¡Tú fuiste quien insistió en seguirla!”
Y allí ocurrió algo que me sorprendió, aunque quizá no debería haberlo hecho.
En menos de 30 segundos comenzaron a culparse entre ellos.
Mi madre acusó a Claudia.
Claudia acusó a Arturo.
Arturo dijo que Beatriz había gastado demasiado durante años.
La familia que había pasado una década explicando que yo era el problema estaba destruyéndose sola frente a mí.