Yo había vivido en una habitación rentada en Azcapotzalco mientras aceptaba pequeños trabajos técnicos para sobrevivir. Había trabajado de noche revisando planos. Había ahorrado peso por peso para completar las certificaciones que necesitaba.
Después conseguí entrar a una constructora pequeña.
Cinco años más tarde ya era socia.
Luego fundé mi propia firma.
El primer proyecto importante fue una torre residencial que tres bancos consideraban demasiado arriesgada.
Funcionó.
Después llegaron hospitales.
Centros logísticos.
Hoteles.
Complejos industriales.
Diez años después, la hija “incapaz” de Arturo Vargas dirigía una compañía con operaciones en México, Texas y California.
Ellos no habían construido aquello.
Ni siquiera sabían que existía.
Arturo se dejó caer nuevamente sobre la silla.
“¿Vas a quitarnos la casa?”
“No voy a quitarte nada personalmente.”
Empujé la documentación hacia él.
“Tus deudas seguirán el procedimiento legal que corresponde. Mi equipo no va a concederte condiciones especiales por ser mi padre.”