—El aviso da treinta días para regularizar la propiedad.
No fue grosero. En realidad parecía apenado. Miré hacia la casa vecina. Federico estaba de pie en su terraza con una taza en la mano, observándonos con cierta diversión.
Ya había encontrado el teléfono de un abogado. Pensaba llamarlo esa misma tarde. Si Federico quería pelear, yo estaba lista.
Pero papá escuchó con calma al inspector. Cuando terminó, en vez de discutir, le tendió la mano.
—Gracias por venir.
El joven se sorprendió y se la estrechó.
—Lamento las circunstancias, señor.
—Antes de entregar su informe, ¿me haría un favor? ¿Podría volver el sábado?
—¿A qué hora?
Papá miró las hileras de ejotes y luego al inspector.
—A las seis de la mañana.
—¿Papá?
No me hizo caso. El inspector aceptó pasar antes de sus otras citas. Después papá tomó su cubeta y regresó a la huerta como si hubieran hablado del clima.