—¿Quería mostrarme algo?
Papá miró hacia el camino.
—Denos un minuto.
Entonces vi a Federico en su terraza, en bata cara y con una taza humeante, disfrutando del espectáculo.
A las seis en punto escuché motores. Faros entre la niebla. Una camioneta se estacionó junto al portón. Luego otra. Un sedán oscuro. Una combi. Más camionetas. En minutos había autos a lo largo de toda la calle. Bajaron personas: un anciano con una cubeta de plástico, una mujer con dos bolsas de tela, una joven madre con su niño, dos adolescentes con cajas de cartón. Nadie preguntó adónde ir. Abrieron la reja y caminaron hacia las hileras, como si llevaran años haciéndolo.
Papá los saludaba por su nombre.
—Buenos días, don Rafael. Buenos días, Lisa. ¿Cómo sigue la niña?
—Mucho mejor, gracias.
El inspector bajó la tablilla.