Mi padre ya estaba ahí con mi madre, Fernanda y dos abogados.
Ricardo sonrió al verme.
—Pensé que habías entendido la advertencia.
No contesté.
Don Arturo Salgado colocó varios documentos sobre la mesa y comenzó a leer.
Mi abuela había dispuesto que la Posada Miramar, sus terrenos costeros y los derechos relacionados con la propiedad quedaran protegidos dentro de una estructura patrimonial que impedía venderlos de inmediato.
Mi padre dejó de sonreír.
Entonces llegó la frase que cambió todo.
La única beneficiaria designada era yo.
Alicia Ramírez.
Dieciocho años.
Mi madre soltó un jadeo.
Fernanda dejó caer el celular.
Mi padre se puso de pie.
—¡Eso es falso!
Uno de sus abogados intentó tranquilizarlo.
—Ricardo, siéntate.
—¡Mi madre jamás habría hecho esto!
Don Arturo permaneció inmóvil.
—El documento fue firmado cuatro meses antes de su fallecimiento y formalizado correctamente.
Mientras los abogados discutían, escuché algo que no debía escuchar.