—Ya me atreví.
—Leonardo, si haces esto, perderás a tu familia.
Él la miró con una tristeza terrible.
—Mi familia acaba de entrar por esa puerta. Y casi la pierdo por tu culpa.
Victoria se quedó sin palabras.
La escoltaron fuera.
Sus tacones golpearon el piso de mármol como pequeños disparos.
Cuando la puerta se cerró, el silencio cambió.
Ya no era escándalo.
Era ruina.
Leonardo se volvió hacia mí.
—Necesito hablar contigo.
Ethan respondió antes que yo:
—Nosotros también vamos.
—No —dije.
Los tres me miraron.
—Mamá…
—Esta parte es entre adultos.
Caleb frunció el ceño.
—Durante catorce años dijiste eso y por eso tuvimos que investigar solos.
La frase me atravesó.
Tenía razón.
Los había protegido tanto que a veces los dejé fuera de su propia historia.
Respiré hondo.
—Entonces nos quedamos todos.
Leonardo no protestó.
Nos llevaron a una sala privada detrás del escenario. Era un despacho temporal, con paredes de madera oscura, una mesa larga y ventanales que mostraban la ciudad iluminada.