—Pero no preguntaste.
—Me dijeron que te habías ido con otro hombre.
—Y lo creíste.
—Vi el certificado médico.
—Y lo creíste.
—Volví a casa y encontré el divorcio firmado, el anillo…
—Y lo creíste.
Mi voz fue subiendo.
—Eso es lo que más duele, Leonardo. No que tu madre mintiera. No que Vanessa actuara. No que tu mundo me odiara desde el principio. Lo que duele es que tú, el hombre que me prometió desafiar a todos por mí, necesitaste una camisa manchada de labial, una llamada y un papel falso para decidir que yo era capaz de matar a tus hijos y venderte por cinco millones.
Leonardo cerró los ojos.
Los chicos nos miraban en silencio.
Por primera vez, escuchaban la historia completa.
Por primera vez, yo dejaba de envolverla en palabras suaves.
—Tienes razón —dijo él.
—No quiero tener razón. Quería tener un marido.