No hubo abrazo familiar para los titulares.
Leonardo visitó primero en lugares públicos: una cafetería, un museo de ciencias, un parque donde Newton, nuestro perro mestizo, lo olfateó durante cinco minutos antes de decidir que no era una amenaza inmediata.
Adrian fue el primero en hablarle de verdad.
Le contó que quería estudiar astrofísica, que odiaba las zanahorias y que podía identificar constelaciones en menos de diez segundos.
Leonardo escuchó como si cada dato fuera una joya.
No interrumpía.
No corregía.
No daba consejos.
Solo escuchaba.
Caleb fue más difícil.
Le llevó una lista de preguntas impresas.
—¿Por qué no investigó personalmente?
—Porque confié en las personas equivocadas.
—¿Por qué no sospechó de su madre si sabía que odiaba a mamá?
—Porque era más fácil creer que yo había sido traicionado que aceptar que no protegí a mi esposa.