Papá… me duele tanto la espalda que no puedo dormir. Mamá me dijo que no te lo contara». Acababa de regresar de un viaje de negocios cuando mi hija de ocho años me reveló en voz baja el secreto que su madre nunca quiso que yo escuchara.

Yo estaba en Querétaro ese día.

Mariana había salido a una cita con el dentista.

Pero Sofía no estaba sola.

Su tío Sergio había pasado toda la tarde con ella.

PARTE 2

La doctora debió notar mi expresión.

—¿Hay algo que deba saber?

—No estoy seguro.

El hospital activó su protocolo. Una trabajadora social habló primero conmigo y después con Sofía, sin Mariana presente. También informaron a la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes para valorar medidas de protección.

Yo quería respuestas inmediatas.

Pero entendí que presionar a mi hija era exactamente lo que no debía hacer.

La trabajadora social, la licenciada Robles, empezó preguntándole por la escuela, sus amigas y sus clases de dibujo. Sólo después mencionó el golpe antiguo.

—Sofía, ¿recuerdas cuando te lastimaste en las escaleras?

Mi hija se quedó rígida.

—Sí.

—¿Te caíste?

Silencio.

Yo sentía el corazón en la garganta.

Sofía buscó mi mano.

—No.

Una sola palabra.

—¿Qué pasó?

—Mi tío Sergio estaba enojado.

Cerré los ojos un instante.

Sergio, hermano menor de Mariana, llevaba años entrando y saliendo de problemas. Trabajos que duraban tres meses. Préstamos que nunca pagaba. Promesas de que ahora sí iba a cambiar.

Yo había discutido muchas veces con Mariana porque ella siempre terminaba rescatándolo.

Pero jamás imaginé esto.

—¿Por qué estaba enojado? —preguntó Robles.

—Yo entré al despacho de papá.

Eso me sorprendió.

—¿Qué hacías ahí?

—Buscaba hojas para dibujar. Mi tío estaba usando tu computadora.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué computadora?

—La de tu escritorio.

—¿Qué hizo cuando te vio?

Sofía empezó a llorar.

—Cerró todo y me dijo que me saliera. Le pregunté por qué tenía tu carpeta azul. Me agarró del brazo. Yo quise bajar y me empujó.

La licenciada Robles no cambió el tono.

—¿Se lo contaste a tu mamá?

—Sí.

—¿Qué hizo?

—Me puso hielo.

—¿Y después?

Sofía tardó en contestar.

—Me dijo que Sergio no había querido hacerlo y que papá no podía saber porque lo iba a denunciar.

Mi celular vibró.

Era Mariana.

Había doce llamadas perdidas y varios mensajes.

Abrí el último.

“SERGIO PERDIÓ EL CONTROL ESA VEZ, PERO YA HABLÉ CON ÉL. NO DESTRUYAS A MI HERMANO POR UN ERROR.”

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