Papá… me duele tanto la espalda que no puedo dormir. Mamá me dijo que no te lo contara». Acababa de regresar de un viaje de negocios cuando mi hija de ocho años me reveló en voz baja el secreto que su madre nunca quiso que yo escuchara.

Y, sobre todo, una niña que ya no bajaba la voz para decir que algo le dolía.

Aquella noche, antes de dormir, Sofía apareció en la puerta de mi habitación.

—Papá.

—¿Sí?

—Me duele la espalda.

Salté de la cama.

Ella soltó una carcajada.

—¡Tranquilo! Fue educación física. Hicimos abdominales.

La miré, todavía con el corazón acelerado.

—Eso no tiene gracia.

—Un poquito sí.

—Sofía.

—Está bien, está bien.

Se acercó y me abrazó.

—Sólo quería comprobar algo.

—¿Qué?

—Que todavía podía decírtelo.

La abracé con cuidado.

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