Y, sobre todo, una niña que ya no bajaba la voz para decir que algo le dolía.
Aquella noche, antes de dormir, Sofía apareció en la puerta de mi habitación.
—Papá.
—¿Sí?
—Me duele la espalda.
Salté de la cama.
Ella soltó una carcajada.
—¡Tranquilo! Fue educación física. Hicimos abdominales.
La miré, todavía con el corazón acelerado.
—Eso no tiene gracia.
—Un poquito sí.
—Sofía.
—Está bien, está bien.
Se acercó y me abrazó.
—Sólo quería comprobar algo.
—¿Qué?
—Que todavía podía decírtelo.
La abracé con cuidado.