Eso dolió.
Porque era verdad.
Adrian no había tenido miedo de perderme.
Había confiado en que yo seguiría allí.
Esperándolo.
Perdonándolo.
Arreglándolo.
Hasta que dejé de hacerlo.
Una semana después, recibí una llamada del hotel.
La boda seguía reservada.
—Señora, ¿desea cancelar definitivamente el evento?
—Sí.
—¿Está
segura?
Miré las invitaciones apiladas sobre la mesa.
—Completamente.
Cancelé todo.
Vestido.
Flores.
Salón.
Fotógrafo.
No sentí tristeza.
Sentí alivio.
Meses después, Adrian enfrentó las consecuencias de sus decisiones.
La empresa descubrió que había utilizado recursos corporativos para mantener el apartamento de Sofía y cubrir gastos personales.
Fue despedido.
El apartamento fue vendido.
Sofía dejó su puesto y comenzó una nueva vida lejos de Adrian.
Y yo seguí trabajando.
No porque quisiera demostrarle nada a nadie.
Sino porque había cosas que todavía importaban.
Niños que necesitaban médicos.