Sin dudarlo un instante, Alexander extendió su propia mano y tomó con delicadeza los dedos de la joven número veinte. Sintió una calidez sincera que le recorrió todo el brazo.
—He tomado mi decisión —anunció Alexander con voz firme, ante el asombro de Michael—. Las demás pueden retirarse. A todas se les entregará una compensación generosa por su tiempo.
Cuando el salón quedó vacío y las puertas dobles se cerraron, Alexander se colocó frente a la mujer elegida y, con cuidado, levantó el velo blanco que la cubría.
Al caer la tela, el millonario se quedó sin aliento.
Frente a él estaba una joven de unos veinticinco años, de ojos grandes color miel y cabello castaño recogido en una trenza sencilla. No llevaba ni una gota de maquillaje, pero tenía una belleza natural y luminosa que parecía irreal. Sin embargo, lo que dejó helado a Alexander fue reconocerla: la había visto un par de veces a lo lejos en los jardines traseros de su propia propiedad.