—¿Clara? —murmuró Michael, dando un paso al frente con los ojos abiertos de par en par—. Señor… ella es la hija del viejo jardinero de la finca. Trabaja en la lavandería de la mansión para pagar las medicinas de su padre.
La muchacha bajó la mirada, sonrojada y apenada.
—Perdóneme, señor Alexander —dijo con una voz suave pero digna—. Yo no quería participar en esto. Una de las chicas contratadas por su asistente se arrepintió en la puerta hace veinte minutos porque le dio miedo cubrirse la cara. El encargado del evento entró en pánico porque a usted le faltaría una candidata, me vio pasando con los cestos de ropa limpia y me suplicó que tomara su lugar solo para completar la fila. Me aseguró que usted jamás se fijaría en unas manos como las mías.
Alexander miró de nuevo aquellas manos trabajadoras que aún sostenía entre las suyas y, por primera vez en muchos años, sonrió de verdad, desde el fondo del alma.