—Pues el encargado se equivocó por completo —le respondió Alexander con ternura, levantándole suavemente la barbilla para que lo mirara a los ojos—. Elegí tus manos porque son las únicas en este salón que saben lo que cuesta ganarse la vida con honor, las únicas que han cuidado de alguien con amor y las únicas en las que puedo confiar mi corazón sin miedo a que me traicionen.
Clara lo miró con asombro, viendo que detrás de la fachada del hombre más rico de la ciudad solo había un ser humano buscando algo real.
A diferencia de lo que todos murmuraban, Alexander no la obligó a casarse al día siguiente. Cumplió su palabra respetando sus tiempos: se dedicó a cortejarla cada tarde en los jardines que ella tanto conocía, ayudó a su padre con los mejores médicos del país y le demostró que su fortuna no valía nada comparada con su compañía.