Daniel bromeaba con que algún día aquel hombre terminaría invitándolo a cenar.
Mi papá, que vivía fuera de la ciudad, criaba abejas y manejaba su vieja pickup, sólo sonreía cuando escuchaba esas historias.
Durante mi embarazo, Teresa intentó instalarse en mi departamento “para ayudarme”. Llegó con dos maletas sin avisar.
Las dejé nuevamente afuera.
—Este departamento lo compré antes de casarme. Cuando necesite ayuda, la pediré.
Daniel me apoyó delante de ella.
Aquella noche pensé que por fin había entendido.
Hasta que lo escuché hablando con su madre en el baño.
—Aguanta, mamá. Está embarazada y ahorita no conviene discutirle. Ya cuando nazca la niña y esté débil hablamos diferente.
Cuando salió, lo enfrenté.
Daniel juró que yo había entendido mal.
Le advertí una sola vez:
—El día que creas que estar cansada me vuelve más fácil de manipular, ese día te vas de mi casa.