Quise sorprender a mi mejor amiga en su cumpleaños, pero la sorpresa fue verla besar a mi esposo en la entrada. Cuando escuché que planeaban vender el departamento de mi hijo, él dijo: “Si la empresa quiebra, ella se quedará sin nada”. Permanecí callada, guardé la grabación y esa misma noche abrí un sobre escondido en su portafolio.

Sin embargo, faltaba una prueba clara de que él pretendía obligarla a entregar el dinero con pleno conocimiento de la falsificación. Por eso, los agentes propusieron una reunión controlada.

Mariana escribió a Andrés que había encontrado un comprador dispuesto a pagar más, pero que sólo invertiría si él aclaraba la deuda. Andrés respondió de inmediato y citó a todos en la casa de Ajijic.

—Puedes detener la reunión en cualquier momento —le explicó la agente Verónica Castillo—. No discutas, no te acerques a puertas cerradas y usa la frase acordada si sientes peligro.

Claudia aceptó participar. No pidió perdón otra vez. Entendía que declarar no borraba la traición.

El sábado, a las siete de la noche, Andrés llegó acompañado de Fernanda, una mujer elegante con traje turquesa y una carpeta de piel. Sobre la mesa colocaron un contrato de préstamo, un recibo de dinero y una promesa de compraventa.

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