Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

Julián avanzó un paso.

Mateo retrocedió.

—¿Y no dijiste nada?

—Tuve miedo.

—No tuviste miedo cuando robabas.

—Tío…

—Tuviste miedo cuando entendiste que también podías ir a la cárcel.

Mateo no pudo mirarlo.

Sacó una memoria USB.

—Aquí hay mensajes, facturas, transferencias. Guardé copias porque pensé que algún día papá podía echarme toda la culpa.

—Otra vez pensaste en ti.

Mateo cerró los ojos.

—Ayer escuché a papá decirle a Rodrigo: “Cuando Julián se vaya, terminamos el último pendiente”.

—¿Camila?

—No dijo su nombre. Pero habló de la clínica y del director médico que saldrá de vacaciones.

Julián tomó la memoria.

—Ve con Lucía. No regreses a tu casa. Y cuéntale a la Fiscalía exactamente lo que acabas de decirme.

Aquella noche fue a cenar a casa de Patricia por última vez.

Su hermana preparó mole como cuando eran jóvenes.

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