Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

Héctor abrió una botella cara.

Rodrigo estaba sorprendentemente relajado.

Parecían una familia normal.

Eso era lo más repugnante.

En algún punto de la cena, Julián dejó el tenedor.

—Patricia, ¿recuerdas la noche del accidente de Camila?

La sonrisa de ella desapareció.

—¿Otra vez?

—Solo quiero recordar.

—Te conté todo.

—Cuéntamelo de nuevo.

Héctor intervino.

—Julián, ya déjalo.

—Le pregunté a mi hermana.

Patricia respiró hondo.

—Héctor me avisó. Fuimos al hospital. Los médicos dijeron que no había nada que hacer.

—¿Murió frente a ti?

La mujer tardó un segundo de más.

—Sí.

—¿Estás segura?

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Una sencilla.

Patricia empujó el plato.

—No puedo creer que me estés haciendo revivir esto.

Comenzó a llorar.

Durante toda su vida, aquellas lágrimas habrían bastado para que Julián se levantara a abrazarla.

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