Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

Esa noche permaneció sentado.

Héctor golpeó la mesa.

—Estás enfermo de dolor.

Julián lo miró.

—Puede ser.

—Regresa a España.

—Eso haré.

Patricia lo acompañó a la puerta.

Antes de que saliera, lo abrazó.

—Perdóname por no haber podido salvar a Camila.

Julián cerró los ojos.

Su propia hermana había fingido llorar ante él durante ocho meses.

—Yo tampoco me perdonaría algo así —respondió.

Cuando subió al coche recibió un mensaje de Lucía.

“No vayas a casa. La clínica se movió.”

El director médico había descubierto una nueva orden de sedación extraordinaria ingresada por Santillán.

No la había autorizado.

La enfermera Sofía también había reportado haber visto nuevamente a Héctor.

A las diez y cuarenta de la noche, el doctor Santillán apareció en el pasillo de la habitación 18.

—Sofía, yo atenderé a la paciente. Puede retirarse.

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