Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

—Mi turno termina a medianoche.

—Entonces vaya al tercer piso.

La enfermera no se movió.

—Quiero ver la nueva indicación.

Santillán endureció el rostro.

—No tengo que explicarle mis decisiones.

—El director canceló su orden.

En ese momento, Héctor apareció al fondo del pasillo.

Sofía sintió frío.

Santillán se acercó a ella.

—Apártese.

La enfermera abrió la puerta de la habitación y se colocó enfrente.

—No entrará sin otro médico presente.

Héctor perdió la paciencia.

—Raúl, ¿para esto te estamos pagando?

Sofía lo miró.

Aquella frase confirmó todo lo que temía.

Santillán intentó avanzar.

Entonces se abrió la puerta de emergencia.

Entró primero el director de la clínica.

Detrás de él aparecieron agentes de investigación.

Héctor dio media vuelta.

No llegó al elevador.

—Héctor Salgado —gritó uno de los agentes—. No se mueva.

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