Regresé de Alemania y fui primero al cementerio, como cualquier padre que llevaba ocho meses llorando a su hija. El cuidador bajó la voz: “Hubo funeral, pero nunca hubo entierro”. Guardé el teléfono, fingí no saber nada ante mi familia y esa noche abrí un archivo secreto. Lo que decía explicaba el accidente, el ataúd vacío y por qué alguien seguía pagando una clínica cada mes…

Santillán quiso guardar algo en el bolsillo de la bata.

También fue detenido.

Media hora después, Julián recibió autorización para entrar.

Cuando llegó a la habitación 18, se quedó inmóvil.

Ninguna fotografía podía haberlo preparado.

Camila estaba extremadamente delgada. Tenía el rostro pálido y varios aparatos monitoreaban sus signos.

Se acercó lentamente.

—Cami…

No pudo continuar.

Tomó la mano de su hija.

—Soy papá.

Nada.

Julián inclinó la cabeza.

—Perdóname por tardar tanto.

Los dedos de Camila se movieron.

Él levantó la mirada.

—¿Vieron eso?

Sofía sonrió con lágrimas en los ojos.

—Sí.

Julián volvió a acercarse.

—Estoy aquí.

Esta vez, la mano de Camila se cerró débilmente alrededor de uno de sus dedos.

A la mañana siguiente abrió los ojos.

Al principio parecía perdida.

Luego enfocó el rostro de su padre.

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