Regresé inesperadamente de un viaje y la casa estaba completamente oscura, excepto el sótano, donde mi hijo lavaba una camisa manchada mientras temblaba. “Papá, puedo explicarlo”, dijo. Yo no discutí; guardé silencio y seguí las manchas hasta arriba. Diez minutos después encontré mi propio certificado de defunción y una transferencia de cientos de millones… pero el detalle más terrible estaba oculto en el teléfono de mi hijo.

Nadie respiraba.

—Pero cometiste un error.

Señalé a Rodrigo.

—Nunca le enseñaste lealtad.

Rodrigo empezó a negar con la cabeza.

—No sé de qué estás hablando.

Presioné otro botón.

Su voz apareció en los altavoces.

“Mamá, yo maté al hombre de Octavio. Me quedé con los sesenta millones. Camila me ayudó a tirar el cuerpo.”

Rodrigo se desplomó en la silla.

Octavio lo miró.

No había miedo en sus ojos.

Había odio.

—¿A quién mataste? —preguntó.

Rodrigo guardó silencio.

Saqué una fotografía.

La identificación de Sebastián.

La coloqué frente a Octavio.

—El hombre que contrataste para matarme era Sebastián Salgado.

Octavio miró la fotografía.

—No…

—Sí.

Por primera vez su voz se quebró.

—Sebastián era mi hijo.

Rodrigo levantó la cabeza lentamente.

—Yo no sabía…

Octavio golpeó la mesa.

—¡Era tu hermano!

El caos explotó.

Octavio se lanzó sobre Rodrigo.

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