Ambos cayeron entre las sillas mientras Teresa gritaba y Camila lloraba junto a la puerta.
Yo no disfruté aquello.
Tampoco sentí satisfacción.
Sólo observé cómo treinta y cinco años de mentiras se despedazaban solos.
Presioné el último botón.
Las puertas se abrieron.
Agentes de investigación y policías que habían estado esperando afuera entraron acompañados por representantes legales y personal de seguridad.
Gabriel había entregado previamente las grabaciones, el análisis químico, las operaciones bancarias, los documentos falsificados y la ubicación del cuerpo.
Ya no era mi palabra contra la suya.
Eran pruebas.
Camila fue la primera en suplicar.
—¡Yo voy a declarar! ¡Les daré las cuentas, los teléfonos, todo!
Rodrigo, completamente derrotado, miró a Octavio.
—Papá, ayúdame.
Octavio lo observó con una frialdad terrible.
—No vuelvas a llamarme así.
Teresa corrió hacia mí antes de que los agentes pudieran detenerla.