Compré un departamento mucho más sencillo en Polanco.
Por primera vez en cuarenta años descubrí algo sorprendente.
Dormía tranquilo.
También cambié completamente la dirección de la empresa.
Y finalmente corregí el error que más me avergonzaba.
Un viernes por la tarde llamé a Valeria a la terraza del edificio corporativo.
La Ciudad de México se extendía debajo de nosotros iluminada por el sol.
Sobre una mesa había un documento.
Saqué una pequeña caja.
Valeria la abrió.
Dentro estaba la misma pluma dorada con la que Rodrigo había querido obligarme a entregar mi patrimonio.
—Pensé que la habías tirado —dijo.
—No.