Después tomó otro teléfono desechable y llamó a alguien.
La voz que respondió era imposible de confundir.
Octavio Salgado.
—Alejandro está cada vez más débil —dijo Teresa—. Las cápsulas harán el resto.
Octavio rio.
—Cuando muera, nuestro hijo controlará la empresa.
Sentí que el aire desaparecía del cuarto.
Nuestro hijo.
Rodrigo no era mío.
Era hijo de Teresa y Octavio.
Treinta y cinco años atrás, mi esposa había tenido una relación con mi peor enemigo y me había dejado criar al hijo de ambos como mi heredero.
Pero todavía faltaba una última traición.
Minutos después Rodrigo entró al vestidor.
—Mamá, tenemos un problema.
Teresa cerró la puerta.
—¿Qué hiciste?
—Octavio cree que su hombre sigue desaparecido.
Rodrigo empezó a temblar.
—Yo maté al tipo que había contratado para matar a Alejandro. Me quedé con los sesenta millones que Octavio había preparado para pagarle. Camila me ayudó a tirar el cuerpo en la cantera.