Regresé inesperadamente de un viaje y la casa estaba completamente oscura, excepto el sótano, donde mi hijo lavaba una camisa manchada mientras temblaba. “Papá, puedo explicarlo”, dijo. Yo no discutí; guardé silencio y seguí las manchas hasta arriba. Diez minutos después encontré mi propio certificado de defunción y una transferencia de cientos de millones… pero el detalle más terrible estaba oculto en el teléfono de mi hijo.

Cuando cerré la puerta de su oficina, no intenté justificarme.

—Fui un padre arrogante. Y elegí al hijo equivocado.

Le enseñé el teléfono.

Valeria no pareció sorprendida.

—Yo llevo ocho meses investigando a Rodrigo.

Abrió varios archivos.

Mi hijo había desviado millones de pesos hacia empresas fantasma.

Una de ellas pertenecía indirectamente a Octavio Salgado.

Mi rival más peligroso desde hacía treinta años.

Pero había algo peor.

Cada transferencia importante llevaba la autorización electrónica de Teresa.

Mi esposa estaba ayudando a mi enemigo a vaciar mi empresa.

Valeria y yo instalamos un sistema independiente de cámaras dentro de la casa aprovechando una ausencia de Teresa, Rodrigo y Camila.

Dos días después llegó la prueba que destrozó lo poco que quedaba de mi antigua vida.

Teresa entró sola en su vestidor.

Sacó de su bolso un estudio de ADN.

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