Cuando cerré la puerta de su oficina, no intenté justificarme.
—Fui un padre arrogante. Y elegí al hijo equivocado.
Le enseñé el teléfono.
Valeria no pareció sorprendida.
—Yo llevo ocho meses investigando a Rodrigo.
Abrió varios archivos.
Mi hijo había desviado millones de pesos hacia empresas fantasma.
Una de ellas pertenecía indirectamente a Octavio Salgado.
Mi rival más peligroso desde hacía treinta años.
Pero había algo peor.
Cada transferencia importante llevaba la autorización electrónica de Teresa.
Mi esposa estaba ayudando a mi enemigo a vaciar mi empresa.
Valeria y yo instalamos un sistema independiente de cámaras dentro de la casa aprovechando una ausencia de Teresa, Rodrigo y Camila.
Dos días después llegó la prueba que destrozó lo poco que quedaba de mi antigua vida.
Teresa entró sola en su vestidor.
Sacó de su bolso un estudio de ADN.