Por eso había transferido 14.000 € a su madre, Carmen, para contratar ayuda doméstica, comprar alimentos, pagar medicamentos y cubrir cualquier necesidad durante la recuperación.
Su hermana Beatriz también había prometido colaborar.
Andrés confiaba plenamente en ellas.
Hasta que abrió aquella puerta.
El salón estaba helado. Había una ventana entreabierta, las persianas bajadas y apenas quedaban muebles pequeños en sus lugares habituales.
—¿Irene? ¡Cariño!
Escuchó un gemido débil procedente del dormitorio.
Corrió hacia allí.
Irene estaba sentada en el borde de la cama, abrazando una manta contra su pecho. Llevaba un pijama fino, tenía el rostro pálido y apenas podía mantenerse erguida.
Nico permanecía en su moisés, envuelto en varias prendas improvisadas.
—Andrés… —susurró ella—. ¿Has vuelto?
Intentó levantarse, pero el dolor la obligó a sentarse nuevamente.
Andrés se acercó inmediatamente.
—No te muevas. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está mi madre?