Darío llevaba días buscándolo.
—¿Y cuando me encontraste? —pregunté.
Bajó los ojos.
—Estaba respirando tranquilo por primera vez en semanas.
Aquello explicaba que se quedara.
No explicaba todo lo demás.
—Yo creí que estaba hablando sola con un animal.
—Lo sé.
—Te conté cosas que no habría elegido contarte.
Su silencio fue largo.
—No debí permitirlo. Te debo una disculpa.
No intentó convertir su miedo por Nicolás en permiso para invadir mi vida.
Eso hizo que pudiera seguir escuchándolo.
Los primeros resultados llegaron de madrugada.
El veneno del frasco coincidía con residuos encontrados en las muestras del niño.
También aparecía en antiguos medicamentos conservados en su expediente.
Sentí náuseas.
Lo habían estado enfermando mientras aseguraban estar curándolo.
Leonor explicó que mi capacidad sanadora había interrumpido el efecto del veneno y sostenido su recuperación. La fiebre había sido, en parte, el despertar descontrolado de esa capacidad.