No era una cura que pudiera repetirse por obligación.
Yo necesitaba descanso, alimento y atención.
Nicolás también requería vigilancia médica.
En ese momento entró un hombre con túnica gris y pidió llevarse al niño para una “purificación”.
Darío lo reconoció.
Era Esteban Valcárcel, el sanador principal que había firmado sus tratamientos.
Vi cómo el rostro del rey se endurecía.
—No se acerque.
Valcárcel insistió.
Darío se colocó frente a la cuna.
—Ningún sanador del antiguo equipo tocará a mi hijo hasta que se revisen sus intervenciones. La doctora Arce se queda a cargo.
Por fin entendí aquella prohibición.
No nacía de celos ni de la idea de que yo le perteneciera.
Había descubierto que algunas de las manos encargadas de proteger a Nicolás podían estar detrás de su sufrimiento.