Se lo conté.
Al llegar al momento del catre, sentí vergüenza.
Leonor no sonrió ni apartó la mirada.
—No hizo nada malo.
Después pidió revisar los registros del niño anteriores a su desaparición.
Darío se puso detrás de mi silla.
—Su madre murió hace siete meses —dijo—. Desde entonces, Nicolás enfermaba cada vez que parecía recuperarse.
Su voz perdió firmeza.
Le habían hablado de una debilidad hereditaria.
Había aceptado tratamientos, cambiado de cuidadores y pospuesto reuniones para pasar noches junto a una cuna.
La última vez le dijeron que necesitaba reposo y que él debía dejar trabajar a los especialistas.
Horas después, el niño desapareció.
Un vigilante lo había sacado del recinto cuando comprendió que corría peligro. Consiguió alejarlo de quienes lo perseguían, pero perdió su rastro durante una tormenta.
El hombre seguía hospitalizado.