Valcárcel miró hacia mí.
—Esa muchacha no tiene formación para…
—Soy auxiliar veterinaria —lo interrumpí—. Y sé reconocer cuando un expediente no coincide con el paciente.
Me sorprendió escuchar mi propia voz.
Darío no habló por mí.
Me dejó terminar.
La investigación duró semanas.
El atacante había pertenecido a la guardia de una propiedad bajo control de Octavio Varela, mi antiguo jefe.
Cuando escuché su nombre, recordé los animales del registro.
Pedí revisar mis copias.
Había conservado fotografías, números de lote y el certificado que me exigieron firmar.
Una de las unidades aparecía entre los proveedores del palacio.
Los animales no estaban enfermos por descuido solamente. Los utilizaban para probar sustancias que después presentaban como tratamientos para crías de distintos linajes.
Mi firma habría servido para declarar que no había irregularidades.
Me suspendieron porque me negué.
Después, cuando supieron dónde había aparecido Nicolás, comprendieron que el niño y yo podíamos unir dos partes de la misma historia.