Nadie resolvió el caso con una confesión conveniente.
Lo resolvieron los frascos conservados, las cuentas, los registros y personas que por fin pudieron hablar sin depender de los mismos hombres a quienes denunciaban.
Darío asistió a mi declaración.
Se quedó atrás.
Cuando terminé, me preguntó si quería compañía.
Dije que sí.
Me ofrecieron una habitación cerca de Nicolás mientras duraba su recuperación.
La acepté con condiciones.
Mi puerta tendría cerradura. Mi trabajo no dependería de que permaneciera junto al niño. Y nadie hablaría de mi capacidad como si fuera propiedad de la corona.
Darío escuchó cada punto.
—De acuerdo.
Nicolás mejoraba.
Volvió a reír, empezó a caminar agarrado de los muebles y alternaba sus transformaciones en los momentos menos oportunos.
Una mañana apareció como lobezno debajo de mi cama con una media en la boca.