—Chícharo, eso no es tuyo.
Darío, desde la puerta, se rio.
Fue la primera risa suya que no parecía contener cansancio.
Mi regreso al trabajo llegó despacio. Leonor me consiguió formación supervisada para entender mi don, sin abandonar lo que ya sabía.
El supuesto programa de apoyo que Darío había inventado se convirtió en uno real.
Yo ayudé a diseñarlo.
Él aceptó que el primer informe incluyera la mentira con la que había empezado.
Meses después volví a mi cabaña.
Quería recoger mis cosas y decidir si renovaría la renta.
Darío me acompañó con Nicolás.
Mientras el niño jugaba sobre una manta, revisé la tina de lámina apoyada junto al cobertizo.
Miré al rey.
Él se cubrió la cara con una mano.
—Por favor.
—Todavía no entiendo cómo cupiste.
Se rio.