Salvé a un lobezno envenenado y dejé que su enorme madre durmiera en mi catre; cuando un desconocido intentó arrebatármelo, descubrí que había regañado al Rey Alfa y que alguien en su palacio necesitaba que su hijo no sobreviviera

—A ti te voy a decir Tizón.

Aquella noche dormí entre fiebre, pelaje y el pequeño ruido de una respiración que ya no estaba sola.

Durante los días siguientes, Tizón desaparecía a ratos y regresaba antes del anochecer.

Yo compartía mi avena y le hablaba mientras revisaba al cachorro.

También encontré una cicatriz vieja bajo su hombro.

Cuando la toqué, apoyó el hocico en mi mano.

—Tú tampoco la has tenido fácil.

Le preparé un baño porque traía lodo hasta en las orejas.

Nunca había visto un animal tan grande soportar una tina tan pequeña con semejante dignidad ofendida.

—No me mires así. El agua también está fría para mí.

Bufó.

Yo me reí.

Había olvidado cuánto necesitaba hacerlo.

Al quinto día apareció un hombre alto con abrigo oscuro y botas demasiado limpias para mi camino.

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