Dijo llamarse Darío.
Buscaba una cría extraviada.
Apenas vio a Chícharo, dio un paso hacia él.
El cachorro levantó las orejas.
Yo lo sujeté mejor.
—Antes de llevárselo, explíqueme quién lo cuidaba.
Me miró sorprendido.
Le describí los síntomas.
—Alguien le dio algo. Y si usted es responsable de esa unidad, necesita investigar.
Su expresión cambió.
—Lo haré.
—También hay una loba negra con una lesión antigua. Deberían revisarla.
Se llevó una mano a la boca.
Pensé que estaba escondiendo una sonrisa.
Le cerré la puerta.
Esa noche regañé a Tizón.
—Tu gente es rarísima.
Apoyó la cabeza sobre mis rodillas.
Darío regresó con alimento, medicinas para mi fiebre y una explicación sobre un programa de apoyo.
Reparó una ventana.
Trajo leña.
Siempre preguntaba antes de tocar a Chícharo.
Yo empecé a esperar sus visitas, aunque me molestaba admitirlo.