Un atardecer salí a recoger ropa del tendedero con el cachorro envuelto contra mí.
Un lobo gris apareció entre los pinos.
No esperó permiso.
Se lanzó.
Caí de rodillas, cubriendo a Chícharo. Escuché un choque, un gruñido y el ruido de ramas quebrándose.
Tizón estaba entre nosotros y el atacante.
Luego su cuerpo cambió.
El pelaje retrocedió. Sus patas se transformaron en manos.
Y Darío quedó arrodillado frente a mí.
Dos guardias surgieron del bosque y sujetaron al agresor.
Uno inclinó la cabeza.
—Mi rey.
Darío me miró, todavía sin aliento.
Yo apreté al cachorro.
El hombre que había sentado en mi tina era Darío Luján, Rey Alfa de cinco territorios, y yo llevaba ocho días durmiendo junto a su heredero.
—Renata, necesito saber si estás herida.
Retrocedí antes de que pudiera tocarme.
Chícharo empezó a quejarse dentro de la manta.