Darío se detuvo.
Miré al atacante. Los guardias lo mantenían inmóvil junto a un árbol. Llevaba una pequeña bolsa de cuero atada al cuello.
Uno la abrió y encontró un frasco.
Mi miedo cambió de forma.
Ya no estaba dirigido solamente al hombre que me había mentido.
—Venía por él —susurré.
Darío miró el frasco y ordenó que lo conservaran sin abrir.
Después volvió hacia mí.
—Sí.
El cachorro se removió.
Debajo de la manta sentí que algo cambiaba de tamaño.
Me quedé rígida.
Donde un instante antes había habido un lobezno apareció un niño diminuto, de cabello oscuro, con los mismos ojos que su padre.
Me miró y agarró mi suéter.
No pude hablar.
—Se llama Nicolás —dijo Darío—. Tiene un año. Las crías de nuestro linaje cambian antes de aprender a controlar la transformación.