Se burlaron de mí por viajar sola y creyeron que me asustaba volar, hasta que dos aviones militares aparecieron junto al nuestro y el capitán preguntó por la pasajera del asiento 7A usando un nombre que yo había dejado atrás

Quería que supiera exactamente qué podía aportar.

Desde su posición tenía una vista distinta de la avioneta, además de los reportes de los otros pilotos. Yo había observado su desplazamiento desde el costado durante varios minutos.

Me explicó que no respondía con claridad a las comunicaciones y que se aproximaba a un sector temporalmente restringido. Nuestro vuelo ya había sido apartado del conflicto.

No éramos el objetivo de ninguna intervención.

Aquella certeza me quitó una parte del peso del pecho.

Quedaba la avioneta.

A través del canal que coordinaban las tripulaciones escuché una voz conocida.

—Bruma, aquí Lince.

Cerré los ojos un instante.

Esteban.

Habíamos compartido un curso años antes. Recordaba que siempre llevaba una libreta pequeña y que anotaba incluso las correcciones que no iban dirigidas a él.

—Te escucho.

—No pensé encontrarte viajando con nosotros.

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