Seguí a mi madre después de verla esconder 2 bollos en mi fiesta y descubrí que vivía en una casa ruinosa, mientras mis hermanos disfrutaban de los 4.500 euros que yo enviaba cada mes. «¡Saca esos bollos del bolso, mamá, nos estás dejando en ridículo!», le había gritado mi hermana. Sin decir una palabra, llamé a mi abogada. Entonces mi padre me mostró una carta con mi firma que jamás había escrito.

El verdadero problema surgió cuando Ricardo dejó de pagar varias cuotas de los préstamos.

Uno de sus acreedores amenazó con iniciar acciones judiciales.

Entonces Ricardo propuso vender la vivienda familiar.

Joaquín se negó rotundamente.

—Esa casa es lo único que tenemos tu madre y yo —le dijo—. Cuando ya no estemos, decidiréis qué hacer con ella. Mientras vivamos, nadie la toca.

Ricardo discutió con él durante horas.

Pocos días después, apareció la carta falsa de Álvaro.

Según Beatriz, Ricardo convenció a sus padres de que el hijo que vivía en Bélgica estaba cansado de mantenerlos y exigía que abandonaran la vivienda para reducir gastos.

—Papá estaba destrozado —confesó ella—. No dejaba de repetir que había perdido a su hijo.

Álvaro sintió un dolor insoportable.

—¿Y tú qué hiciste?

Beatriz bajó la cabeza.

—Le dije que Ricardo tenía razón.

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