Seguí a mi madre después de verla esconder 2 bollos en mi fiesta y descubrí que vivía en una casa ruinosa, mientras mis hermanos disfrutaban de los 4.500 euros que yo enviaba cada mes. «¡Saca esos bollos del bolso, mamá, nos estás dejando en ridículo!», le había gritado mi hermana. Sin decir una palabra, llamé a mi abogada. Entonces mi padre me mostró una carta con mi firma que jamás había escrito.

Confirmaba que esperaba conseguir las firmas de Carmen y Joaquín para avanzar con la operación de venta.

La supuesta cita notarial del día siguiente era parte de esa presión.

Álvaro salió del piso y llamó inmediatamente a Elena Salcedo, una abogada especializada en asuntos civiles y patrimoniales.

—Necesito proteger legalmente a mis padres —le explicó—. Y quiero que nadie vuelva a utilizar sus nombres para hacer negocios sin su consentimiento.

Elena revisó la documentación aquella misma noche.

Le explicó que una firma falsificada no otorgaba una autorización válida y que vender la vivienda requería el consentimiento real de sus propietarios.

También advirtió que debían actuar cuidadosamente, conservar las pruebas y evitar que sus padres firmaran documentos bajo presión.

Álvaro regresó al alojamiento donde Carmen y Joaquín descansaban.

Su madre estaba despierta.

Había colocado una pequeña bolsa de tela junto a la cama.

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