Confirmaba que esperaba conseguir las firmas de Carmen y Joaquín para avanzar con la operación de venta.
La supuesta cita notarial del día siguiente era parte de esa presión.
Álvaro salió del piso y llamó inmediatamente a Elena Salcedo, una abogada especializada en asuntos civiles y patrimoniales.
—Necesito proteger legalmente a mis padres —le explicó—. Y quiero que nadie vuelva a utilizar sus nombres para hacer negocios sin su consentimiento.
Elena revisó la documentación aquella misma noche.
Le explicó que una firma falsificada no otorgaba una autorización válida y que vender la vivienda requería el consentimiento real de sus propietarios.
También advirtió que debían actuar cuidadosamente, conservar las pruebas y evitar que sus padres firmaran documentos bajo presión.
Álvaro regresó al alojamiento donde Carmen y Joaquín descansaban.
Su madre estaba despierta.
Había colocado una pequeña bolsa de tela junto a la cama.