Carmen salió de la habitación al escuchar aquella voz.
Ricardo se acercó inmediatamente.
—Mamá, tienes que hacer entrar en razón a tu hijo. Si no conseguimos ese dinero, perderemos el negocio de papá.
Carmen lo observó con una tristeza profunda.
—¿Y qué querías que perdiéramos nosotros?
Ricardo guardó silencio.
—¿Nuestra casa? ¿Nuestra tranquilidad? ¿La salud de tu padre?
—Lo hice por la familia.
Entonces apareció Joaquín en su silla de ruedas, acompañado por Álvaro.
El anciano pidió que lo acercaran a su hijo mayor.
—Ricardo, cuando tenías 12 años, rompiste el escaparate de la tienda jugando al fútbol. ¿Recuerdas lo que hiciste?
Ricardo frunció el ceño.
—Te lo conté.
—Exacto. Viniste llorando porque pensabas que iba a castigarte. Y yo te dije que un cristal se podía reemplazar, pero que una mentira podía destruir la confianza.
Ricardo apartó la mirada.