Seguí a mi madre después de verla esconder 2 bollos en mi fiesta y descubrí que vivía en una casa ruinosa, mientras mis hermanos disfrutaban de los 4.500 euros que yo enviaba cada mes. «¡Saca esos bollos del bolso, mamá, nos estás dejando en ridículo!», le había gritado mi hermana. Sin decir una palabra, llamé a mi abogada. Entonces mi padre me mostró una carta con mi firma que jamás había escrito.

—No hace falta gastar tanto.

Álvaro sintió un escalofrío.

—¿Y papá? Quiero verlo mañana.

El rostro de Carmen cambió.

Antes de que pudiera responder, Ricardo apareció con 2 copas de cava.

—Nuestro padre sigue delicado. Los médicos recomiendan tranquilidad. Ya organizaremos una visita.

Álvaro miró a su hermano.

—¿En qué residencia está exactamente?

Ricardo tardó demasiado en contestar.

—En la misma de siempre. Tengo la dirección en el despacho.

Después levantó su copa y comenzó a hablar con los invitados sobre el éxito empresarial de Álvaro.

Mientras todos brindaban, Carmen desapareció por la puerta de servicio.

Álvaro la vio salir con el bolso apretado contra el pecho.

Algo le dijo que no debía perderla de vista.

La siguió en coche, manteniendo suficiente distancia para que ella no lo reconociera.

Carmen caminó hasta una parada de autobús. Después de un trayecto por barrios cada vez más modestos, bajó cerca de unas antiguas naves industriales.

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