También comenzó a pedir consejo a su padre sobre asuntos de su empresa.
Una tarde, Joaquín examinó unos documentos y señaló un problema en las condiciones de pago de un proveedor.
—Aquí puedes tener dificultades —advirtió—. Estás asumiendo demasiado riesgo.
Álvaro leyó la cláusula y comprendió que su padre tenía razón.
—No sé cómo no lo vi.
Joaquín sonrió.
—Supongo que aquel ferretero anticuado todavía recuerda cómo se hacen los negocios.
Álvaro se quedó mirándolo.
—Papá, fui un arrogante.
—Sí, lo fuiste.
Ambos soltaron una pequeña carcajada.
Después Álvaro abrazó a su padre.
No fue una reconciliación espectacular.
Fue algo mucho más importante: el comienzo de una relación en la que finalmente podían escucharse.
Beatriz tardó 4 meses en atreverse a solicitar una visita.
Carmen aceptó recibirla durante 30 minutos.
Su hija apareció con una bolsa de naranjas y una carta escrita a mano.