Seguí a mi madre después de verla esconder 2 bollos en mi fiesta y descubrí que vivía en una casa ruinosa, mientras mis hermanos disfrutaban de los 4.500 euros que yo enviaba cada mes. «¡Saca esos bollos del bolso, mamá, nos estás dejando en ridículo!», le había gritado mi hermana. Sin decir una palabra, llamé a mi abogada. Entonces mi padre me mostró una carta con mi firma que jamás había escrito.

Esta vez no llevaba joyas ni ropa elegante.

Se sentó frente a sus padres y reconoció que había participado conscientemente en el engaño.

No intentó culpar a Ricardo.

Tampoco pidió que olvidaran lo sucedido.

—No espero que me perdonéis hoy —dijo—. Solo quería que supierais que estoy intentando reparar lo que hice.

Carmen escuchó sin interrumpirla.

Cuando Beatriz terminó, su madre respondió:

—Te quiero porque eres mi hija. Pero quererte no significa volver a confiar en ti inmediatamente.

Beatriz asintió llorando.

Antes de irse, Carmen aceptó las naranjas.

No hubo abrazos.

Sin embargo, unas semanas después, permitió otra visita.

Ricardo seguía sin ser recibido por sus padres. Se comunicaba mediante su representación legal y todavía tenía cuestiones pendientes de resolver.

Álvaro respetó aquellas decisiones.

Comprendió que proteger a sus padres no significaba decidir por ellos.

Pasaron 8 meses desde aquella fiesta.

Una mañana de primavera, Álvaro llegó al apartamento para desayunar antes de regresar a Bélgica.

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