Álvaro apagó su teléfono.
Durante aquella mañana no hubo negociaciones, reuniones urgentes ni mensajes más importantes que escuchar a sus padres.
Carmen partió el pan y colocó un trozo en cada plato.
Después dejó la servilleta sobre la mesa.
Ya no necesitaba esconder nada.
Y cuando Álvaro vio a su madre desayunar tranquilamente, comprendió algo que ninguna de sus empresas le había enseñado.
Había pasado años convencido de que cuidar a sus padres significaba pagarles una vida cómoda.
Pero su madre no había necesitado otra fiesta, otro abrigo caro ni una casa más grande.
Había necesitado que alguien se diera cuenta de que escondía pan en su bolso.
Joaquín tomó la mano de su esposa y la besó suavemente.
—Está bueno el pan, Carmen.
Ella le sonrió.
—Y mañana compraremos más.
Aquellas palabras parecían insignificantes.